No voy a llorar nunca más. Lo he decidido, no sé si lo podré cumplir, pero quiero hacerlo. No merezco llorar ni que lloren por mí, no merezco tener miedo, no merezco la tristeza.
Aquel día, el miedo, la soledad, la tristeza, el llanto, vinieron a buscarme, "¿puedes salir"-me preguntaron-"¿vas a llorar hoy?". -No, respondo yo ahora mismo, no os quiero en mi vida, no os quiero en la vida de nadie, no quiero más oscuridad en ningún corazón, quiero sonrisas, quiero caricias, quiero abrazos, quiero besos. Y sobretodo, sobre todas las cosas, quiero que desaparezca el dolor. Y no mi propio dolor.
Aquel día el llanto me preguntó "¿no lloras hoy?" y yo le respondí "no lloro hoy, no quiero llorar nunca más, no quiero que nadie llore nunca más". "No podrás-me contestó-el miedo, la injusticia, la maldad, todos estarán de mi parte, y haré llorar a todos, sean buenos, malos, lo merezcan o no". "Dejad de destruir los corazones a la gente", contesté con los ojos empapados en lágrimas. No podía, volvía a llorar, y aquella vez no fue por mí.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
viernes, 4 de diciembre de 2009
Llorar sin placer no sirve de nada
"Llorar sin placer no sirve de nada". Ese era el lema que tenía Amelia, y lo cumplía. Cada vez que sus sueños se rompían, cada vez que se hacía daño, cada vez que parecía que no había solución a nada, ella lloraba. Se supone que el llorar no le aportaba nada, no le debía de aportar nada, pero le aportaba un tremendo placer, difícil de explicar, dado que tampoco era una sensación buena, se odiaba a sí misma cada vez que lloraba, cada vez que alguien se preocupaba por sus lágrimas. No quería llorar más, no quería preocupar a nadie por sus tonterías, pero no podía evitar llorar. El dolor, que nunca produce placer, que se supone que no debía provocarlo, a ella le provocaba aquel pequeño toque de placer que nada más le daba. Había llegado a llorar mientras cada uno de los cincuenta hombres con los que había estado (eran cincuenta, llevaba la cuenta) le recorrían el cuerpo con la punta de la lengua hasta llegar a su sexo solamente por sentir aquel extasis aún más intenso, y que sólo se le producía cuando lloraba. Había llorado en las películas de comedia para sentirlas más a fondo, para disfrutarlas más, puesto que la comedia era su género preferido. Había llorado mientras disfrutaba de la presencia de todos y cada uno de sus seres más queridos, porque así la sentía aún más a fondo. Incluso había llegado a lastimarse sólo para llorar.
Llorar le otorgaba aquel placer que nada más podía darle y era algo que ella odiaba de sí misma. Intentaba dejarlo, pero no podía. El llorar era la droga que alimentaba su ser, sin las lágrimas que derramaba de vez en cuando su cuerpo se apagaba, sus días se volvían más pesados, se ponía nerviosa, tenía ansiedad, y entonces necesitaba llorar por nada. Y cuando lloraba por nada, sin nada que complementase a su llanto, el llorar ya no le otorgaba placer. Por eso mismo, cada vez que sentía aquella necesidad inútil se repetía a sí misma "Llorar sin placer no sirve de nada".
Llorar le otorgaba aquel placer que nada más podía darle y era algo que ella odiaba de sí misma. Intentaba dejarlo, pero no podía. El llorar era la droga que alimentaba su ser, sin las lágrimas que derramaba de vez en cuando su cuerpo se apagaba, sus días se volvían más pesados, se ponía nerviosa, tenía ansiedad, y entonces necesitaba llorar por nada. Y cuando lloraba por nada, sin nada que complementase a su llanto, el llorar ya no le otorgaba placer. Por eso mismo, cada vez que sentía aquella necesidad inútil se repetía a sí misma "Llorar sin placer no sirve de nada".
martes, 3 de noviembre de 2009
egoismo
Aún sigo sin creermelo. Hace como unos dos meses yo estaba escribiendo en este mismo sitio deprimiéndome y asqueándome por una persona sin mirar si había alguien más. Fui un ser completamente egoista, ¡pues claro que existe más gente! Esos que te apoyan en los momentos malos, esos que te abrazan en los momentos tristes, aquellos que te susurran al oído que todo irá bien en los peores momentos. Y yo asqueándome por una persona.
Finalmente lo he descubierto, soy una egoísta de mierda.
Finalmente lo he descubierto, soy una egoísta de mierda.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Tu olor (relato breve)
De repente tu olor se apareció en mi nariz. Me hizo recordarte, y llorar, te echaba de menos. Miraba la lluvia y leía de nuevo todos esos textos que tú nunca leerías aunque fuesen dirigidos a ti, y entonces, así porque sí recordé tu olor. Fue bastante jodido, dado que me había jurado que no volverías a aparecer en mi cabeza más que para lo mínimo, aunque nunca lo cumplía, dado que al final siempre terminabas paseándote por ella. Me levanté del suelo y salí a la calle, llovía a cantaros. Dejé que la lluvia me empapase y compuse en mi mente otro de esos textos que nunca leerías. Cuando la lluvia me hubo empapado entera me metí de nuevo en casa, puse el reproductor de CD's en el baño y esuché esa canción de Sabina que me recuerda tanto a ti mientras me metía en la bañera con un bloc y un lápiz para escribir lo que había compuesto para ti, aunque no lo leyeses.Al cabo de un rato salí, guardé aquel texto que jamás verías y te llamé, te echaba demasiado de menos. Tu teléfono comunicaba, te dejé un mensaje en el contestador y esperé toda la semana tu llamada. Te echaba tanto de menos que no recordaba que jamás te volvería a ver...
lunes, 21 de septiembre de 2009
Jodidamente especial
Sonreía mientras lo miraba, flustrada. Siempre igual, siempre mirándolo a escondidas, pero nunca se lo decía, nunca le diría que le quería. Él se giró, se dió cuenta de que lo miraba.
-¿Qué pasa?- dijo con voz dulce.
-Que eres especial.- dijo ella, se encontraba en estado de shock, pero reaccionó nada más oirse a sí misma.
-¿Qué?- se extrañó él, ella no solía decir esas cosas de ese modo.
-No nada...- ella se sonrojó.
-En serio, ¿qué dices que soy?
Ella comenzó a reir, se abochornó por completo, no entendía por que había dicho eso de ese modo, tan inmediatamente. Él comenzó a hacerle cosquillas mientras le mordía el cuello, siempre lo hacía. Cayeron sobre el sofá, ella sobre él.
-So funking special...- murmuró ella.
-¿Qué?
-Es una canción de Radiohead.
-¿Y qué significa?
-No lo sé...sólo sé que tiene una parte que dice eso, eres jodidamente especial.- lo dijo mirándole a los ojos, con un brillo especial, nuevo, que destilaba amor por todos los costados.
-Me gusta...Creo que se la enseñaré a Catherina.
-¿Quién es?- dijo ella, con un mal presentimiento.
-Estamos a punto de salir juntos.- dijo él con mucha ilusión.
A partir de aquello la tarde pasó normal aparentemente, pero para ella fue uno de los peores días que pasaba últimamente. Sabía que lo perdería...pero no imaginaba que iba a ser tan pronto. Cuando salió de la casa y llegó al piso donde ella vivía subió primero a la azotea y le murmuró al cielo las palabras "tan jodidamente especial...". Aspiró el viento, que llegaba con el aire contaminado por el humo lleno de dióxidos provinente de la ciudad. No olía tan mal, al fin y al cabo. Se sentó sobre el muro, con las piernas colgando a la nada y dejó ir una lágrima, que acabó en su boca. Sabía a sal. Pasó allí aproximadamente una hora. Posteriormente, mirando hacia abajo, haciendo por superar su vértigo, suspiró y pensó que por eso no se acabaría el mundo. Se recogió sobre el muro y bajó para después bajar las escaleras e ir a cenar. El subir a la azotea la ayudaba a pensar. Y en aquel momento le había servido para saber que aunque él no la quisiese, se sentía feliz. Él era feliz, además, aunque no fuese correspondida no se acababa el mundo.
Improvisación del tuenti
Con la dulzura de unos besos que nunca me diste,
con el sabor de la sal en la mirada,
con el amor perdido entre malezas,
con el sabor de una grieta del corazón.
Con el sentir de tus labios en mis muñecas,
con el olor a cebolla y alquitrán,
con un vaso de vino tinto
y otro de agua helada,
con unos labios que no dejande sangrar.
Con mil flores perdidas en el aire,
una palabra gris sin destinación.
Unos ojos que lloran
a nadie,
unos labios que rozan
un corazón.
Una mirada que siente
tus andares,
un corazón cobarde,
ensombrecido.
Una palabra gastada,
un suspiro envenenado,
un pájaro sin dirección...
con el sabor de la sal en la mirada,
con el amor perdido entre malezas,
con el sabor de una grieta del corazón.
Con el sentir de tus labios en mis muñecas,
con el olor a cebolla y alquitrán,
con un vaso de vino tinto
y otro de agua helada,
con unos labios que no dejande sangrar.
Con mil flores perdidas en el aire,
una palabra gris sin destinación.
Unos ojos que lloran
a nadie,
unos labios que rozan
un corazón.
Una mirada que siente
tus andares,
un corazón cobarde,
ensombrecido.
Una palabra gastada,
un suspiro envenenado,
un pájaro sin dirección...
El metro (relato breve)
Corrían bajando las escaleras, después de un cansado día de turismo aquello resultaba una tremenda tortura, pero si no lo hacían así perderían el metro. Oyeron el pitido que daba el aviso de que estaba a punto de pasar, si no corrían más lo perderían. Entonces él la cogió de la mano para no perderla y tiró de ella. Acto seguido echaron a correr entre la aglomeración de gente. Ella estaba levemente sonrojada, aquel tirón la había tomado por sorpresa, se sentía feliz, quien los estuviese mirando pensaría que eran novios, y aquello tan tonto la ponía extremadamente alegre. Cuando llegaron al andén, mientras él pulsaba el botón que abría la puerta, ella dedicó un segundo a observar su nuca y otro más a preguntarse cuando habría aprendido a quererle de ese modo, acto seguido, él la interrumpió de sus pensamientos al tirar de su mano para entrar al metro. En su interior, bajo el asombro de la otra gente, se empezaron a reír, lo habían conseguido, no habían perdido el metro. Acto seguido se fundieron en un abrazo, el abrazo de los vencedores, habían vencido al tiempo. Ella se dejó llevar por el abrazo, se sentía en el cielo cuando él la abrazaba. Y así, en medio de aquel abrazo, los sorprendió la sacudida del metro, que casi los lanzó al suelo.
-Mejor sería que nos sentásemos...- le dijo él.
Se sentaron en dos asientos juntos y ella, cansada del recorrido, se apoyó en su hombro y se durmió. Él, ingnorante del amor que ella sentía por él, la contempló dormir, su pausada respiración, su semblante relajado, y deseó que aquella chica encontrase por fin a aquel a quien amar y por quien ser amada. Acarició su pelo y le besó la frente. Ella, por su parte, soñaba que él la besaba, sumida en un dulce sueño en el sitio más dulce que ella podía concevir, los brazos de él.
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